Gianni Crea lleva adelante desde hace 19 años una tarea tan única como rutinaria. Cada día a las 5.30 de la mañana, con un enorme manojo de llaves abre las puertas de los Museos Vaticanos cuando aún no hay rastros de las 28.000 personas que visitarán más tarde la Capilla Sixtina, las estancias de Rafael Sanzio y el resto de sus miles de tesoros.

Crea, un romano de 45 años, recibe a nuestro periodista en una jornada fría y lluviosa, con gran cantidad de llaves en mano, aunque son solo algunas de las 2.797 numeradas que tiene en su poder, con las que el “clavigero” abre cada una de las puertas de la institución por la que este año se espera pasen 7 millones de personas.

“La número 1 es la que abre esta puerta, que funcionó como el ingreso principal hasta el año 2000, cuando se habilitó la entrada que se utiliza actualmente”, asegura Crea, señalando el enorme portón y dando inicio a un recorrido en soledad por los museos, mientras abre los pórticos que custodian “una parte enorme de la humanidad, no sólo del cristianismo”, según define.

Crea está al frente de un equipo de otros cinco “clavigeri” que tiene la misión de ir abriendo puertas y dejar listo el establecimiento para que a las 7 lleguen los primeros visitantes.

El ritual que se extiende durante una hora y media, se repite a la tarde, cuando junto a cinco colegas y por el camino inverso, Crea cierra las puertas con una complicación extra: debe controlar que todo quede listo para reiniciar el ciclo al día siguiente.

Cada mañana se abren 300 puertas destinadas al público y otras casi 300 de oficinas y salas de personal, mientras las restantes 2.000 corresponden a lugares de acceso limitado o estacional.

Tras abrir la puerta 1, el recorrido empieza por el denominado “búnker de las llaves”, donde en una pequeña sala climatizada se guardan las originales y las copias, ordenadas por sectores.

Una sola, la más preciada, no tiene número, y se guarda en un sobre debidamente sellado dentro de un compartimento especial: es la de la Capilla Sixtina, la maravilla pintada por Miguel Ángel. “La llave de la capilla no tiene número y no tiene copia. La apertura corresponde a los sistinari, un equipo especial de la sacristía pontificia y nosotros la tenemos solo en caso de emergencia o para eventos especiales, por lo que cada uso debe ser registrado en un cuaderno y frente a otro colega que de fe del buen uso”, agrega Crea. En todo 2016, el hombre la utilizó solo en 19 ocasiones.

El recorrido matutino por los museos, que inicia en penumbras con apenas una linterna que conduce el encendido de luces en las galerías, también queda registrado, y ya de frente al “Juicio Final”, Crea reconoce el “peso de la historia del hombre y de la Iglesia” que siente cada vez que abre la puerta.

Los enormes manojos de llaves tienen un pequeño secreto mnemotécnico. Del 1 al 99 corresponden a las puertas principales y secundarias de los ingresos; del 100 al 199 a los museos etnológicos; del 200 al 299 a los museos gregorianos, y así sucesivamente.

La primera gran parada es frente a la puerta del Museo Pío Clementino, donde Crea busca la llave 401, una tarea nada sencilla ya que el objeto pesa medio kilo. Es la más antigua y sirve para abrir una de las puertas más pesadas del museo, tras la que se esconde parte de la pinacoteca.

Mientras el tintinar de las llaves es lo único que se escucha cuando todavía no salió el sol, el hombre se emociona al llegar a la que considera “una de las salas más bellas”: la “galería de los mapas”, donde a lo largo de 120 metros, 40 bloques reproducen la cartografía de la Italia de 1580, cuando fue pintada por el geógrafo Ignazio Danti.

La próxima pregunta es inevitable y contesta entre risas: “No, nunca perdí las llaves de mi casa. Y eso que son siete, pero adopté un sistema en parte adaptado del de los museos: la llave de cada puerta tiene un llavero de color. Así no las pierdo”, se sincera.

De labor cotidiana, el trabajo de los “clavigeri” se vuelve mundialmente famosos ante cada cónclave, el momento en que los cardenales se encierran en la Capilla Sixtina para elegir un nuevo papa. Ellos son los encargados de cerrar desde afuera las puertas de la obra de Miguel Ángel y exclamar el tradicional “Extra Omnes” (fuera todos).

Crea vivió dos, el que eligió en 2005 a Benedicto XVI y el que en 2013 hizo papa a Jorge Bergoglio. No es sólo las llaves, siento que es también conservar los secretos que hay allí”, admite.

Entre luces, puertas y llaves, el hombre aún se maravilla cuando pasa frente a algunos de los tesoros que albergan los museos, como los fragmentos de rocas lunares que el entonces presidente estadounidense Richard Nixon le regaló al Vaticano a inicios de la década del 70.

Aunque parezca imposible, la capacidad de asombro de una persona que hace 19 años abre a diario las puertas tras las que se esconden el “Pensador” de Rodin, la “Piedad” de Van Gogh y “El entierro de Cristo” de Caravaggio entre otros, permanece fresquísima. “Cada día, dependiendo cómo entra la luz, si llueve, si hay sol, si hay humedad, es cómo recorrer de nuevo el trayecto”, explica.

Mientras avanza, el encargado de las llaves que ya trabajó para tres papas, reconoce una “explosión de visitas desde la asunción de Francisco. “Cada día son unas 28.000 personas que vienen”.

El recorrido finaliza una hora y media después frente a la que considera “una de las vitrinas más fotografiadas del mundo”: el rincón al que Bergoglio destinó las camisetas de San Lorenzo, Brasil y  Argentina, junto otros objetos futboleros que, según Crea, son tan visitados como las obras de arte.

FUENTE TELAM

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