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“Una palabra bien elegida puede economizar, no sólo cien palabras, sino cien pensamientos”.

Henri Poincaré

“Sólo hay un mundo donde hay lenguaje”.  

Heidegger

Cuando hablamos de accesibilidad en el museo siempre, de manera casi intuitiva, las ideas que nos vienen a la cabeza están relacionadas con la adecuación a las discapacidades, entiéndase rampas, textos en braille, etc. Bajo mi punto de vista, hay una cuestión con, al menos, la misma importancia que las mencionadas anteriormente. Me refiero al lenguaje.

Como sabemos, los museos tienden cada vez más a ser comunidades de aprendizaje, en lugar de instituciones. Esto choca con la idea de museo tradicional, hijo del siglo XIX, enciclopédico y moderno, donde el visitante estaba condenado a la pasividad y a aceptar, sin posibilidad de reflexión o de crítica, los dictados de la institución, del poder. Nuevas corrientes museológicas, primero la nueva museología nacida en los 60, y más tarde, la museología crítica, han reflexionado sobre el concepto mismo de museo, su función y su relación con el público. Será la museología crítica la que, finalmente, se incline por un museo de todos y para todos, un lugar integrado en la sociedad donde poder crear conocimiento en dialogo con el público. Como cita Nuria Rodríguez Ortega, en su artículo “Discursos y narrativas digitales desde la perspectiva de la museología crítica”:

“La comunicación se entiende desde el punto de vista de la participación inclusiva; en consecuencia, como construcción colectiva. El público deja de ser un receptor pasivo que recibe un mensaje y asume un papel proactivo (…) Se reclama la pluralidad de los discursos, y especialmente aquellos que proceden de colectivos minoritarios, silenciados o periféricos. La idea de los grandes metarrelatos explicativos de los hechos artístico-culturales, la prevalencia del discurso único y dominante que emana de la institución, ente abstracto que ejerce como referente de autoridad sancionador, se cuestiona frente a la emergencia de discursos alternativos basados en la diversidad cultural, social, sexual, étnica y territorial (…) En definitiva, la museología crítica reivindica un museo constituido en instrumento para la producción de conocimiento y de conciencia social crítica”

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Bien pues, basándome en ello, y pensando en el museo que a mí me gustaría construir, cabe preguntarse: ¿cuál es el primer paso en la comunicación? Sin duda, el lenguaje.

Si pensamos en los museos que visitamos, seguro que todos tenemos en la cabeza textos de pared, hojas de sala, títulos de exposición o incluso cartelas, que no comunican. Su lenguaje tecnicista y experto, resulta aburrido y pedante, incluso para nosotros que somos entendidos. ¿Podemos imaginarnos qué siente una persona no entendida al leer un texto de ese tipo?:

  •     Frustración.
  •     Sentimiento de inferioridad.
  •     Aburrimiento.

 


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¿Qué lleva a estas instituciones a seguir usando este tipo de lenguaje?

  • La institución tiene miedo de dejar de ser el ente del que emana el conocimiento.
  • No se conoce a la comunidad en la que se enmarca el museo, por lo tanto, no se controlan los códigos para dirigirse a ella. Faltan estudios de público e implicación social.
  • Los trabajadores de museos (museólogos o no), no se renuevan, no se forman para conocer y aplicar estas nuevas teorías y tendencias museológicas.

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Si como profesionales queremos diseñar un museo con calado en la realidad y de construcción social crítica, deberíamos tener en cuenta los siguientes factores a la hora de usar el lenguaje:

  • Se deben seguir las reglas sintácticas, gramáticas y ortográficas del idioma en que nos queramos comunicar.
  • Los contenidos deben ser claros, precisos y de lenguaje sencillo. No debe dejar dudas sobre el mensaje que se desea transmitir.
  • No se deben usar tecnicismos. Si es estrictamente necesario utilizarlos, se explicará su significado inmediatamente después de ser utilizado por primera vez.
  • Usar un lenguaje no tecnicista no significa la vulgarización del mismo.
  • Prestar atención a la cantidad de información que aportamos. Es tan nefasto el exceso como el defecto.
  • Someter los textos a evaluación utilizando estudios de público ideados para tal fin.

Como conclusión, y apostando por las teorías que propone la museología crítica con las que me siento en total consonancia, el museo debe ser un ente descodificado, que no descontextualizado. Para ello, hay que comenzar por establecer vías de comunicación útiles y asequibles para el visitante (participante), y la única opción es utilizar un lenguaje, unos códigos, comprensibles para todos. Es la sociedad la que legitima y da sentido a los museos. Ellos deben integrarse en su entorno y formar parte activa de él.

Laura Cano @Via_di_uscita

14 diciembre, 2014

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