La tragedia puede estar a la vuelta de la esquina. Creer que somos infalibles, nos hace aún más vulnerables. Los museos “somos” edificios, ladrillos, vitrinas, carteles, objetos, colecciones, pero esencialmente somos historias, memorias, identidades, territorio, ciudadanía, comunidades; somos patrimonios, custodiados para el bien común y para las generaciones venideras. Somos pasado, presente y futuro. Somos piel y corazón. Latimos porque tenemos una razón de ser, un motivo de existencia.

Las personas, como reza el dicho, hoy estamos, mañana nunca se sabe, Asimismo, no desconocemos que indefectiblemente, hoy vivimos y mañana dejaremos de existir, y eso no tiene discusión, es la ley de la vida. Trascendemos tal vez, pero partimos tarde o temprano.

Doscientos años acaban de esfumarse en el incendio del museo de historia natural más importante de Latinoamérica, el Museo Nacional de Río de Janeiro: 20 millones de piezas se redujeron a cenizas. La ausencia de prevención de incendios, la falta de infraestructura para combatir una catástrofe, la inexistencia de recursos y la mala conservación, son algunos y muy fuertes argumentos a esta barbaridad. Una atrocidad que atenta contra la memoria y la identidad de un pueblo. Un pueblo que entiende que el Estado tiene la función ineludible de velar por la salvaguarda de sus bienes, esos que son de ese pueblo y de la humanidad entera.

La cultura latinoamericana está de luto, la cultura latinoamericana atraviesa una crisis y negarla, arroparla de programas que no existen,  montar escenografías que son una falacia, y decir que los edificios están en óptimas condiciones -ejemplo de lo contrario es el desplome del techo de la antigua cocina de una de las estancias jesuíticas en Córdoba-, y repetir que acá no pasa nada, es negar a ultranza, y solo desde lo mero discursivo rechazar la verdad; a la realidad podemos disfrazarla pero “más temprano que tarde” sale de su escondite.

 

Y no hay dudas que sale a la luz, porque la cultura se viste de luto cuando un museo arde en llamas desde sus entrañas, y no podemos disimularlo.  Si un objeto de la colección sufre un daño, ponemos todos los esfuerzos para repararlo, y generalmente trabajamos en la “conservación preventiva” para que ese perjuicio que está sufriendo el bien, le permita sobrevivir. En el mismo rumbo debería haber sucedido con este acontecimiento en Brasil: conservar y no olvidar primordialmente, invertir, atender al presupuesto, para prevenir lo peor. El hecho insalvable sucedió, fruto de la desidia, resultado de un desprecio hacia la cultura, la que muchas veces es tomada por los gobiernos de turno como baluartes en las campañas políticas y como estandarte de los oportunistas del momento.

Que la cultura se vista de luto refulgente no es casual. Apenas pasados unos días de esta terrible situación, el gobierno de Brasil, toma una medida, amén de decir que trabajarán en su “reconstrucción” -como si por medios de artificios mágicos esto pudiera suceder-. Esa decisión fue nada menos que la extinción del IBRAM (Instituto Brasileño de Museos), el que fuera creado en el año 2009, y será reemplazado por la ABRAM -Agencia Brasileña de Museos-, bajo la figura del aporte privado… “allí se va nuestra política nacional de museos, nuestro plan nacional sectorial de museos, una medida arbitraria y un retroceso de casi 10 años de desarrollo de las políticas públicas para el sector museístico”.

Y si no es casual, es porque los paralelismos existen, Argentina, abdica a su Ministerio de Cultura, ese que fuera creado en el año 2014, y que bregaba además entre sus tantas funciones por la de difundir, promover y estimular la actividad cultural en todas sus formas, y democratizar el acceso a los bienes culturales.  La degradación a Secretaría de Cultura que tan livianamente expresan que con ello “nada cambia” en su dinámica, se entiende como un menosprecio a la labor cultural de algo que se creyó como un logro y se concibió así a la cultura como un derecho de todos y para todos.  Un Ministerio que se resigna a ser un pequeño punto en el mapa del Estado, compartiendo en el mejor de los casos, presupuesto con Educación, Ciencia y Tecnología, considerados también como otros pequeños puntos en la geografía estatal.

Quizás se pueden argumentar los cambios, teniendo en cuenta que desde el año pasado, bajo la premisa de “incrementar los visitantes ”, ya no se cobrara la entrada a los museos nacionales, y se vislumbrara una ingenua inclusión, y hoy decidan cobrar una entrada nada más y nada menos, a una muestra temporaria a desarrollarse en el Museo Nacional de Bellas Artes, un museo emblema en cuanto a su gratuidad y de una mirada ideológica que contenía el acceso al arte por parte de los sectores más sensibles de nuestra sociedad.  ¿Estaríamos entonces ante una restricción a los bienes culturales, esos que antes declamaban la democratización?.  Como Brasil, damos largos pasos hacia atrás, en la pérdida de derechos,  pero quizás este cobro de entradas, que puede extenderse a todos los museos, y el “alquiler” de los espacios museológicos, como también han manifestado mediante resolución del entonces Ministerio, quieran combatir nuestra incredulidad y decirnos que contaremos con el presupuesto para llegar al territorio de nuestras comunidades donde están insertos los museos, y que la federalización de la cultura no es solo un sueño más de trabajadores “ambiciosos” que luchan desde sus espacios por “museos para tod@s”.

 

Si también, otra de sus funciones y relativa a lo sucedido en Río de Janeiro, es “ejecutar estrategias para la preservación del patrimonio cultural”, entonces ¿estamos a tiempo de evitar daños mayores en nuestros acervos?, porque el Museo Nacional de Río no se puede reconstruir, ¿y por qué no se puede?, porque el alma del museo se fue, porque su corazón dejó de latir y porque sus trabajadores están tratando de atravesar el duelo para recomponer su propia alma, están tratando de salir del espanto, y hacer de la resiliencia un modo de atravesar el dolor y la impotencia hecha fuego, hecha destrucción.

La cultura duele.  La cultura agoniza por la aplicación de políticas que restringen las libertades democráticas.  Y los Museos batallamos contra la ausencia de políticas públicas y de presupuestos apropiados al rol que cumplimos, y sobre todo, batallamos para que puedan estar en nuestra propia piel y poder comprender que los Museos pueden Morir.

Silvana M. Lovay: Doctorada en Ciencias de la Educación. Magíster en Museología. Investigadora del CIECS-CONICET-UNC. Argentina.

Publicado 15 de octubre de 2018

15 octubre, 2018

Los museos pueden morir. Por Silvana M. Lovay 

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