Por . Nota publicada en Vanity Fair

Así se gastan hoy su fortuna los más ricos del mundo, y así se enfadan las pinacotecas tradicionales con ellos

Sean cuales sean sus motivos, el último que ha anunciado su intención de brindar un nuevo museo al mundo ha sido el francés François Pinault, el magnate que fundó el coloso del lujo que hoy conocemos como Kering (Gucci, Alexander McQueen, Yves Saint Laurent) y dueño de la casa de subastas Christie’s. Pinault ubicará parte de su colección de arte contemporáneo en un edificio del siglo XVIII del parisino barrio de Les Halles. Estará listo, previsiblemente, a finales de 2018.

Interior del museo Soumaya de México.© Cordon Press

Interior del museo Soumaya de México.© Cordon Press

No es la primera iniciativa museística de Pinault. En 2006 remodeló el Palazzo Grassi de Venecia para instalar en él parte de su colección personal de más de 2.000 piezas firmadas por artistas como Picasso, Mondrian y Koons. Tres años más tarde añadió la contigua Punta della Dogana con el mismo propósito.

Incluso en esto, Pinault compite con su eterno rival en los negocios, Bernard Arnault, dueño y señor de LVMH, el primer coloso del lujo con marcas como Dior, Louis Vuitton, Loewe y Moët & Chandon. En 2014, Arnault inauguró a las afueras de París una construcción espectacular firmada por Frank Gehry que es la sede de la Fundación Louis Vuitton y que alberga un museo con obras de Boltanski y Murakami, entre otros.

LAS GRANDES PINACOTECAS DE MAÑANA

La lista de centros de arte privados es interminable. Porque el fenómeno, claro está, no es nuevo. El coleccionismo de arte floreció durante el Renacimiento, y en los siglos siguientes comenzaron a surgir museos auspiciados por mecenas particulares. Al fin y al cabo, muchos grandes museos públicos se fundaron a partir de colecciones privadas, como el Metropolitan de Nueva York, los Guggenheim y la Tate y el British Museum, ambos en Londres.

Quizás las iniciativas de hoy sean las mejores pinacotecas de mañana. En Estados Unidos,por ejemplo, se postulan varias a este título. Solo en los últimos años han abierto allí dos espacios expositivos con fondos de súpermillonarios. Una de las herederas de la fortuna Walmart, Alice Walton, a quien se le supone un patrimonio neto de 30.380 millones de euros, estrenó en 2011 el Crystal Bridges Museum of American Art en Bentonville, Arkansas. Contiene muchas de sus obras particulares, de autores como Warhol, Rockwell o Pollock.

El norteamericano Eli Broad –cofundador de la constructora inmobiliaria KB Home– y su esposa Edythe abrieron el año pasado un museo en Los Angeles, The Broad, con parte del repertorio artístico del matrimonio. Una colección que apuesta por creadores contemporáneos como Johns, Rauschenberg, Lichstentein y Ruscha.

 

Otra similitud entre todos estos museos de nuevo cuño es su afición por el arte contemporáneo. “Muchos nuevos súper ricos son bastante más jóvenes que los coleccionistas de ayer y sus gustos influyen mucho en el alto impacto de gran parte del arte contemporáneo”, escribe la experta Georgina Adam en el periódico Financial Times. “Los nuevos coleccionistas necesitan artistas vivos para mantener las ferias, subastas, galerías y bienales a flote con nuevas creaciones. Por el contrario, existe una reducción de inventario en otros sectores del mercado, como la pintura impresionista y la escultura renacentista. Las principales obras se encuentran en museos o en colecciones. A los nuevos compradores les resultaría casi imposible la creación de un museo de otra cosa que no fuera arte contemporáneo, aún teniendo en cuenta la profundidad de sus bolsillos”.

Efectivamente, el mercado internacional del arte ha sido propulsado por el crecimiento de la riqueza mundial gracias a los 187.500 ultra ricos –aquellos con un patrimonio neto de más de 30 millones de dólares excluyendo su residencia habitual– que viven en 2016 según la compañía New World Wealth. Hasta el hombre más rico del planeta, el mexicano Carlos Slim, inauguró en Ciudad de México el Museo Soumaya, que cuenta con una estupenda serie de piezas de Auguste Rodin, la segunda colección del escultor más grande fuera de Francia.

Pero el dinero no compra el buen gusto, y la colección de Slim ha sido criticada por su falta de ídem. Aunque se asesoren por los más renombrados expertos, los dueños de estos museos no son precisamente historiadores de arte. Se les acusa, entre otras cosas, de seguir las modas que dicta el mercado. Fíjense en cuántos incorporan obras de Jeff Koons o de De Kooning: casi todos.

¿SOLO UNA MODA?

Libres del control estatal y de su burocracia, estos museos acceden a las obras con mayor rapidez y sin restricciones gracias a sus presupuestos casi ilimitados. Pero los artistas se repiten, y como cada museo es el resultado de los caprichos de su dueño, las colecciones no suelen ser variadas ni completas. Además, nadie puede aportar garantías sobre cuánto tiempo durará el interés de sus dueños por el arte, ni sobre si venderán algunas piezas en un momento dado.

 

Museo de la fundación Louis Vuitton diseñado por Frank Gehry.© Fundacion Louis Vuitton

Museo de la fundación Louis Vuitton diseñado por Frank Gehry.© Fundacion Louis Vuitton

No es la idea, por ahora, del mayor coleccionista privado del mundo, David Geffen (Nueva York, 1943), cofundador del estudio de animación DreamWorks y que ha producido películas tan exitosas como Shrek y Kung Fu Panda. En lugar de tener un museo propio, Geffen prefiere donar 100 millones de dólares al Lincoln Center y otros 100 millones al Museum of Modern Art de Nueva York, por nombrar solo dos de sus múltiples aportaciones. En lugar de levantar un edificio, Geffen prefiere invertir su fortuna en trabajos de artistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX como Pollock, Johns, Rothko y De Kooning. Con razón su colección es la más cara del mundo, con un valor de 2.300 millones de dólares en 2013 según Wealth-X, compañía que provee de datos sobre los más pudientes.

En España, el mayor ejemplo de museo privado es el Thyssen-Bornemisza. Más modestos son el Lázaro Galdiano, que se construyó en 1951 en la mansion madrileña del empresario José Lázaro Galdiano; y el Museo Cerralbo, que se nutre de la colección reunida por el marqués de Cerralbo, promotor de excavaciones. En Santander, el Centro Botín, promovido por la familia de banqueros y aún sin fecha de apertura, estrenará pronto un edificio presupuestado en 80 millones de euros y firmado por Renzo Piano. No será el último.

Fuente Vanity Fair

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