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Juan Ignacio Vidarte: “Nosotros somos lo opuesto a una franquicia. Esto es un museo con identidad”

Hace más de 20 años Juan Ignacio Vidarte (Bilbao, 1956) pasó de funcionario a negociador. Había que lograr que la Fundación Guggenheim escogiera Bilbao para levantar su primer museo en Europa. Y lo consiguieron. Dos décadas después aquella operación es un modelo de éxito.

Hay consenso en que el Guggenheim de Bilbao transformó la ciudad sin referentes previos en España. ¿Objetivo logrado?

En los primeros 20 años se han alcanzado los propósitos que nos marcamos, sí. Tuvimos claro que una institución cultural como ésta debía servir de catalizador para transformar la ciudad, pero la misión de motor de cambio y generador de futuro continúa.

Bilbao no fue la única opción. También Sevilla, Salamanca, Santander…

Las opciones reales con cierta solidez en Europa fueron Venecia y Salzburgo. Primero Venecia en el espacio que hoy ocupa la Colección Pinault, en la Punta de la Dogana; y después Salzburgo. Cuando Bilbao planteó su propuesta competíamos con ellas. Nuestra candidatura ofrecía elementos diferenciadores, como el papel que tendría el museo como parte de un amplio proceso de transformación. Nos favoreció la burocracia interna de Venecia, que no facilitó el proyecto; y en Austria, la caída del Muro de Berlín hizo que las prioridades del país fueran otras.

Se vinculó al proyecto en 1991, entonces ETA estaba en activo. ¿Cuánto pesó aquella amenaza?

En ese momento era director de política fiscal y financiera en la Diputación de Vizcaya y formé parte del equipo negociador que emprendió las relaciones con la Fundación Guggenheim. A partir del año 92 asumo la dirección del consorcio que se crea para impulsar el proyecto…

¿Y la presencia de ETA?

Estaba muy activa y de manera muy letal. Fue un condicionante. Era la parte más desgraciada del paisaje vasco y del contexto. Y una vez rematado el acuerdo, el museo se convirtió en objetivo.

En 1997, el día de la inauguración y con el Rey Emérito, la Ertzaintza desbarató un atentado de ETA contra el museo..
El viernes 13 de octubre se cumplieron 20 años de aquello. En ese atentado fallido fue asesinado el ertzaintza José María Aguirre Larraona al intentar impedirlo. Por eso la plaza de acceso al museo lleva su nombre. ETA fue condicionante en todo el desarrollo del Guggenheim.

 

¿Políticamente, el asentamiento del Guggenheim en Bilbao fue una estrategia de consenso político a largo plazo?

Porque entre los distintos grupos, socialistas populares y abertzales, hubo momentos de oposición al proyecto.
El que se tratara de una iniciativa tan transformadora para la ciudad terminó con el tiempo galvanizando el consenso. El proyecto nació con mucha oposición, como era esperable en una aventura tan disruptiva. Y más en un momento como aquel: los años 90 en el País Vasco. No sólo por el terrorismo, sino porque la tasa de desempleo estaba aquí en el 25%. Y en la margen izquierda probablemente alcanzara el 40%. Cerraban empresas emblemáticas como los Astilleros Euskalduna… La situación era muy complicada y con el Guggenheim queríamos innovar, sin referentes a esa escala, a varios niveles: urbano, social y urbanístico. Hasta el Gobierno central estuvo en contra del acuerdo en el año 91/92. La discusión y el diálogo político fue obligatoriamente muy intenso.

El Guggenheim supuso, además, el inicio de la arquitectura espectáculo en España. La mayoría de los edificios que se hicieron siguiendo ese patrón no alcanzaron la revelancia del museo. ¿Se desató la locura?

Asistí a aquello con preocupación. Es satisfactorio ver que intentan copiarte, aunque el edificio era parte importante de la ecuación y no la principal. El diseño ayudó al museo a abrir un espacio de oportunidad que apoyaba la propuesta revitalizadora que nos planteamos, pero el propósito es que el museo plantease espacios expositivos únicos y que la arquitectura no condicionase con rigidez las obras que había que exhibir. Poder mostrar con equilibrio las esculturas monumentales de Richard Serra y los cuadros o dibujos de Kandinsky era lo que pretendíamos. Y con el sello de la sostenibilidad y continuidad en el tiempo. La ausencia de estos aspectos, entre otros, es lo que hizo de algunos edificios de aquel tiempo un fracaso anunciado. Hubo una fijación arquitectónica olvidando la funcionalidad, el encaje en el espacio que ocupaban y la importancia de los contenidos.

¿Cuáles son los retos que tiene una ciudad que ya propició este edificio y lo que significa?

A Bilbao le queda seguir avanzando, afrontar el futuro intentando no perder la ambición y la capacidad de arriesgar. El riesgo es una de los valores de este proyecto.

Más allá del intento de atentado en la semana de la inauguración, otros puntos negros en la historia del museo son el desfalco del director financiero, Roberto Cearsolo, y la acusación desde el Parlamento Vasco de la mala gestión por la pérdida de siete millones de euros en una operación de compra de divisas como adelantado para pagar el proyecto escultórico de Richard Serra, La materia del tiempo. ¿Lo recuerda?

Perfectamente. Son dos momentos malos del museo, sí. Cuando descubrimos el desfalco del director financiero tomamos las medidas necesarias. Creo que sirvió para que el museo diera un paso de madurez. La persona que cometió el delito fue despedida, denunciada, cumplió un tiempo en prisión y devolvió lo desfalcado. Respecto a las divisas, que es distinto, resulta sencillo de explicar: cuando le encargamos aquel trabajo a Serra, la tasación se hizo en dólares y nosotros recibimos una financiación del Gobierno vasco y de la Diputación de Vizcaya en euros. Para evitar riesgos convertimos los euros en dólares, las cotizaciones cambiaron y ese cambio supuso una pérdida. Pero no alteró el precio pactado por la obra.

¿Entiende que se hable del Guggenheim de Bilbao como una franquicia?

No me gusta. Ese concepto se refiere a una entidad cuyo valor es la repetición. Nosotros somos un museo y ahí no tiene sentido la copia. Es más, nuestro interés está en ser la antítesis de una franquicia. Un museo como éste pretende generar una experiencia. Y las experiencias no pueden ser siempre las mismas. Mantenemos una relación fraternal con la Fundación Guggenheim en Nueva York, con el Museo Peggy Guggenheim de Venecia, además de con otros espacios museísticos. Nuestra responsabilidad es articular una identidad y un programa de exposiciones propio.

Las cifras dicen esto: 20 millones de visitantes en 20 años. Pero hay aspectos preocupantes en el éxito. Los jóvenes no se asoman tanto al museo y el flujo de visitantes los masifica…

Recibimos anualmente algo más de un millón de visitantes, así que los números son muy favorables. No nos parece preocupante. Generamos interés en gentes de todo el mundo y eso nos refuerza. También mantenemos un 10% de visitantes del País Vasco. Es buen resultado.

¿Y el público joven?

Es el que menos, cierto. Hemos desarrollado distintos programas para atraerlo. Por ejemplo: apostamos por obras en soporte audiovisual, un medio al que la audiencia joven responde con más facilidad e interacción. También abrimos el museo regularmente por las noches con una programación que se ajuste bien. Es la lucha por la economía de la atención, cada vez más frágil. Hay demasiados estímulos en marcha y tenemos que trabajar para que los jóvenes nos consideren relevantes para ellos.

¿Se repetirá el éxito de Bilbao en Abu Dabi o, más cerca, si se reactiva el proyecto de Urdaibai?

Los efectos miméticos no son realistas. Cada caso tiene su singularidad, aunque haya elementos de la experiencia de Bilbao que pueden ser aplicables. El proyecto de Abu Dabi forma parte de un plan muy ambicioso de creación de un espacio nuevo dentro de la ciudad. Ahora se inaugura el primero de los museos que acogerá y esperemos que en unos años ya esté allí el Guggenheim. El impacto no será como el del Bilbao, claro. Aunque también hay una visión de desarrollo urbano.

¿El Guggenheim es un icono de la globalización?

No sé, pero los resultados pueden explicarse como un reflejo de la globalización. Demostramos que desde la periferia también era posible generar una gran institución cultural que hablara al mundo. Cuando el museo se inauguró el 18 de octubre de 1997, la noticia tuvo cobertura en la CNN. Era la época preinternet y la CNN era casi la única expresión de la información globalizada. Aquello me impresionó. Me di cuenta de que que importábamos desde el principio.

Después de 20 años al frente y otros tantos como director general de estrategia global de la Fundación, ¿cuánto más requiere su proyecto?

Los objetivos que me he marcado son para la institución más que personales. Hay planes en marcha para los próximos tres o cuatro años. Mi presencia dependerá de si continúo siendo útil.

La situación generada en Cataluña, ¿qué lección puede ser para el País Vasco?

No sabría extraer una lección. Me preocupa lo que sucede. Cataluña es, para nosotros, un territorio muy cercano. Deseo que encuentren una solución. Es un problema complejo que pone de manifiesto sentimientos muy encontrados y hay que buscar la manera de encontrar una salida donde no haya vencedores y vencidos. Aquí sabemos bien lo que son los sentimientos encontrados y lo que son problemas de percepción de la realidad. La única lección posible es que se llegue al equilibrio social.

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