Templos del arte y el ocio

Fietta Jarque y Anatxu Zbalbeascoa para “diario el pais”

Los grandes museos continúan construyendo impresionantes franquicias de su marca bajo el efecto Guggenheim, mientras desarrollan en Internet formas de ampliar su público en lugares remotos. El arte tiende hacia la experiencia global.

Esto sucedió en 1957. La primera exposición importante en varios años estaba a punto de inaugurarse en un señorial museo canadiense, los visitantes esperaban en la puerta impacientes -cuenta Duncan Cameron, entonces nuevo director del Royal Ontario Museum, en su texto ¡Al cuerno con el público!-, cuando entra a verlo presa de la indignación el jefe de las salas. Furioso, expresa su descontento: “Hay que detener esto. Todas esas sandeces en la prensa, en la radio, y toda esa propaganda a propósito de la exposición…”.

Por lo visto, los empleados del museo habían desarrollado a lo largo de décadas un profundo orgullo por el magnífico brillo del parqué en las salas que ocupaba la muestra y toda esa avalancha de gente que se preveía era una amenaza mortal para su mantenimiento. ¡Había que evitar la afluencia de público!

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